REFLEXIONES DEL MAESTRO LUIS VALERA PIRELA SOBRE LA RELATIVIDAD Y EL TIEMPO. 2007
Luis Valera Pirela
Magister Salud Pública
Docente- Investigador
No se cuando tuve el primer reloj de pulsera, pero si lo adquirí era porque me debería ser muy útil, después de tanto tiempo de usarlo me hice reloj dependiente y la dependencia era tal, que siempre consideré a quien no lo usara, como una persona improductiva, claro, para que quiere un vago un reloj, si nada tiene que hacer; los que hacemos cosas dependemos del péndulo del tiempo. Nada se programa sino tiene la fecha, que es tiempo y por supuesto la hora.
La entrada al trabajo, a la escuela, al teatro, al tren, sí al tren y me toco ver que la hora anunciada para tomar el tren era a las 7:34, pensé que era una señal de orden que no se cumpliría, pues sí!, a la hora anunciada pasó el tren, ni un minuto mas ni uno menos; pero no solo es la medición del tiempo para la puntualidad, sino que se utiliza para calcular cuanto será mi retraso. Esa reunión comienza 15 minutos después o a lo mejor media hora, pero como todos los invitados piensan lo mismo, en efecto, comienza media hora después. Dicho así la sociedad es reloj dependiente, suizo dependiente otrora, ahora Japan dependiente.
El reloj se convierte así en un objeto útil, reloj de pared, de calle, de noche, de pulsera, de salir, de arena, de ajedrez, el timer kiper en el boxeo, de posición, cargaba un Rolex, hasta en el lado de debajo de la pantalla de mi computador, esta ahí, inmisericorde, marcando el tiempo.
Toda estaba bien hasta que un señor alemán dijo, según dice la gente que dijo, que la relatividad tiene que ver con el tiempo, no es lo mismo pasar media hora con la novia, que media hora esperando que lo atienda el dentista; en el primer caso el tiempo parece corto en el segundo, eterno. O sea el tiempo no es igual y entonces para que sirve el reloj, para marcar un tiempo que no es el tiempo para cada uno de nosotros, hay otra dimensión del tiempo. Sigo usando el reloj, pero con recelo, ahora creo que quien no lo usa y hace cosas útiles, tiene una justificación para no hacerlo.
Hay otras instrumentos que miden y usamos cotidianamente, que poco a poco he ido desechando o mejor dicho, viéndolo con recelo, uno de ellos son las pesas, las balanzas, las basculas, es decir, el instrumento útil, entre comillas, para conocer el peso de las cosas o las personas y animales. Creo que la mitad del universo, si es femenino, no cree en estas mentirosas maquinas que nunca dan el peso que ellas esperan. Yo tampoco creo en las balanzas de los expendedores de alimentos, llámese carnicero, verdulero, dueño de abasto o supermercado, así le pongan cuatrocientos sellos del Organismo Nacional de Metrología.
Pero el cuento es que recientemente acabo de mandar al rincón de los instrumentos inútiles, al poco usado termómetro. Yo, nacido y criado en comunidades donde la temperatura es sofocante, nunca me importó saber que temperatura marcaban los pocos termómetros existentes en la ciudad o en nuestras casas; eventualmente cuando la familia vacacionaban para los andes era cuando nos acercábamos al termómetro del restaurante de carretera y exclamaba-Esta haciendo 16° C, nos estamos congelando.
Los lugareños de las regiones andinas poco usan el termómetro, el comentarios es que hace mucho o poco frío, se siente, no se mide; recuerdo la alegría de mi papá el día que le lleve, a su pueblito andino, un termómetro, todos los lugareños le preguntaban por la temperatura; pero, uno citadino al fin, trata de leer el termómetro, en algunas ciudades las empresas colocan pantallas digitales que indican la hora y la temperatura, pocos se percatan de la temperatura, mas lo hacen del tiempo.
Mi amigo Gabriel, caminando por las calles de Lima, leyó el termómetro que marcaba 14° C y dijo-Está berraco el frió-andábamos bien abrigado, alegres y relajados, entonces, le dije- pero en Bogotá hace menos temperatura que esa, y ustedes la soportan, me respondió con una sentencia-No es lo mismo 14°C en Lima que 14°C en Bogotá.
Por esa afirmación, Señor termómetro, Usted, para mi, permanecerá en ese rincón de instrumentos inútiles, que miden cosas pero que nadie les cree.
Al día siguiente, por la noche, en Quito una valla desplegada señalaba: 11°C, me sonreí con picardía y celestinamente al percatarme de mi poco abrigo.
/image%2F1093887%2F20190102%2Fob_fdb6a2_g6xe6c-c-400x400-1.jpg)